El Bosco: Los placeres y los temores de la carne

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Todavía no podemos dar crédito de la totalidad de su obra; aún hoy en nuestros días constituye un misterio de esos cuya revelación total es casi imposible. El Bosco (1450-1516) fue alguien que percibió en su tiempo las sensaciones más alarmantes de la condición humana, y las representó con sus terribles consecuencias desde un tono moral y ejemplarizante.

Pero aunque sabiendo que ese fuerte componente aleccionador está presente en buena parte de la obra, todavía quedan por resolver innumerables mensajes que se nos presentan como secretos irresolutos; minúsculas pistas en sus sobrecargadas obras que, observadas de forma aislada, nos dejan perplejos, y que integradas en la totalidad de una pintura, nos alimentan la interrogante, dejándonos atónitos, eufóricos y sin respuesta.

En todo caso, estos mundos (los ordenados y los caóticos) nos dan rienda suelta a la imaginación; a que se inicie un viaje en donde nuestra mente vague únicamente guiada por asociaciones de ideas personales y muy profundas. Ideas de esas que finalmente uno mismo puede sentir y son a su vez, difíciles de explicar.

Pero ¿quién fue realmente el Bosco? Todavía es poco lo se sabe de muchos aspectos de su vida y de su obra, y es mucho de esperar que esas interrogantes se planteen en la serie de homenajes que se han iniciado en Europa en este mes de mayo por el V Centenario de la muerte del artista.

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El Museo del Prado en España, sede del famoso tríptico “La creación del mundo” que contiene “El jardín de las delicias” (uno de los cuadros más enigmáticos y más admirados del autor), es el centro de diversas actividades que concentrarán desde distinguidas personalidades oficiales, hasta las más eruditas y académicas especializadas en la cuestión.

El museo además contará con otras pinturas que han sido traídas de otros museos europeos y cedidas especialmente para la ocasión.

Además, el 9 de junio se estrenará el documental “El Bosco: el jardín de los sueños”, un filme de José Luis López Molinares (Madrid, 1955).

Buscando al autor detrás del misterio:

Nacido en 1450 como Jeroen van Aeken y conocido como Hieronymus Bosch o castellanizado como El Bosco [den Bosch] a secas, este pintor holandés fue artista por tradición familiar, y se especializó en la pintura al fresco. Como todos los artistas de su época, se destacó en la representación de escenas sagradas y litúrgicas.

Aún con el estilo propio de la pintura de la escuela flamenca, en donde se han destacado entre otros Jan van Eyck, Hans Memling o Pieter Brueghel, se sigue estudiando aún hoy en día además de las particularidades de la pintura flamenca del siglo XIV y XV, los aportes generales que las nuevas corrientes pictóricas europeas (léase el renacimiento italiano u “otros renacimientos”) tuvieron o no como influencia en el autor.

Se afirma que El Bosco nunca salió de su ciudad natal, aunque algunos dicen que si bien no lo hizo, igual tomó contacto con lo que estaba sucediendo en otros centros urbanos europeos; e incluso otros no descartan que pudo probablemente viajar a Italia en algún momento de su vida.

Que lo haya hecho o no es ciertamente relevante, pero no anula otra discusión de trasfondo: la de que en el Renacimiento europeo no todo fue un proceso de recepción de un fenómeno que se dio en un único lugar: la Italia del siglo XV.

Pudo haber varios “renacimientos” europeos. Pudo haber uno, dos, varios en distintas partes y de manera simultánea. Después de todo Flandes y Amberes eran ciudades tan prósperas en aquellos siglos como lo eran Venecia, Florencia, Génova y Milán.

 

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Lo cierto es que, influenciado o no por estos fenómenos externos, ceñido o no por la tradición de los flamencos primitivos, la obra de El Bosco cobró notoriedad en varias cortes europeas, llegando a trabajar por encargo para alguna de ellas como la del rey de Borgoña.

Lo más importante de la obra de la obra de El Bosco, es haber rescatado la visión popular del miedo a la muerte, el castigo eterno, las concepciones del pecado y el infierno, así como la idea de paraíso y salvación; todas ellas ideas que cobraron forma de manera precisa en su pintura, en un mundo cuya mentalidad era muy rica en supersticiones y recreaciones sobre la vida terrenal y la vida ultramundana.

En la obra de El Bosco hay todo un universo de placeres y temores, de percepciones humanas sobre la vida y la muerte, representados con una extraña perfección que inmoviliza a quien observa ese conjunto de acciones masivas, multitudinarias. Un universo de imágenes tan pudorosas y sensuales (algunas de ellas demasiado subidas de tono para la época) como también terroríficas, horrorosas y oníricas. Mundos de placeres sexuales y regocijos carnales que se confrontan con otros donde rigen los castigos sádicos y el sometimiento a tormentos perpetuos; todos ellos únicamente explicables si se los toma como extraídos de un ensueño extrañamente transmitido.

La obra del autor osciló entre los trabajos que abordaron las típicas escenas religiosas y sagradas (las que cualquier pintor de la época acostumbraba a representar) con una serie de trípticos realizados sobre madera, donde se explayó en temáticas hermosamente perturbadoras. Una media docena de cuadros donde se materializaron las prácticas prohibidas y las pesadillas corporales. Un conjunto de trípticos (algunos no firmados y sin fechar) en donde el ser humano soporta los extremos pasibles de la carne; el cuerpo que disfruta la sexualidad a pleno y luego se prepara para el dolor y el sufrimiento.

 

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A las obras más típicas de todo un período histórico, pintadas por El Bosco hay que señalar particularmente una serie de obras consideradas extraordinarias, únicas e irrepetibles en toda la historia de la pintura universal.

Así a “Ecce Homo” (1476); “Las bodas de Caná” (1475-1480); “La epifanía” (1485) “La coronación de espinas” (1485) o “La crucifixión” (1485) se le intercalan los paradigmáticos “El jardín de las delicias” (1480-1490) cuyo tríptico contiene el famoso Infierno musical.

Además hay que agregar el Tríptico del Juicio de Viena (1482); “La muerte de un avaro” (1494); Tríptico de las tentaciones de San Antonio (1501); “El carro de heno” (1516); “Visiones del mas allá” (1504).

Tiempo, por qué no, de reencontrarse con la obra del autor, en un año de conmemoraciones en el viejo continente, y que muchas veces (ha sucedido) pasan inadvertidas en estas latitudes.

 

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