El “buen decir” y el poder simbólico del lenguaje

No lo podemos negar: somos dueños y esclavos de nuestras palabras. Lo que decimos habla de nosotros. Lo que nombramos nos nombra. Hay pocas cosas en el mundo que usemos cotidianamente y que tengan tanto poder simbólico como la lengua. Y lo que es aún más interesante, los discursos que creamos sobre ella. Esa magia del metalenguaje es lo que nos permite crear diferentes discursos que legitiman o censuran las variedades no estándar y a su vez construyen en los hablantes una idea de nación, identidad y corrección lingüística.

Para entender “los discursos sobre los discursos” hay que tener claro el concepto de lengua estándar y cómo se establece. Recordemos que la lengua es un sistema de signos compartidos que por su propio carácter social, es dinámico y evoluciona junto con los sujetos. Esto quiere decir que la lengua cambia constantemente y lo que puede ser válido para una persona en un tiempo determinado, para otra puede no serlo. Este dinamismo puede ser un problema a la hora de querer establecer un código nacional para que los sujetos se comuniquen. Imagínense queriendo entablar una conversación con alguien a través de signos que solo uno entiende. Imposible.

Ante las variedades de la lengua y los problemas que estas pueden traer para una comunidad, las políticas lingüísticas se encargan, a través de distintas acciones y agentes, de influir en la función, estructura y adquisición de lenguas dentro de una comunidad de hablantes. Así se establece lo que solemos llamar “lengua estándar”, que se elige como modelo académico y oficial. La lengua estándar es, por decirlo de una manera simple, el “buen decir” y se emplea en la administración pública, en los centros de estudio y en situaciones comunicativas formales. Se aspira a que todos los miembros de una comunidad la dominen para que todos puedan compartir el mismo código. En esta acción unificadora, normativa, muchos matices de la lengua se pierden, y lógicamente, se generar diferentes creencias e ideas sobre quienes no comparten la lengua oficial establecida.

Frente a una norma hay dos actitudes: respetarla o no, y a partir de cualquiera de estas actitudes se desprenden diversas creencias y juicios de valor. El “acto del decir” se transforma en una filosofía. Los discursos reflejan ideologías, construyen una realidad compartida con la función de estructurar y regular la sociedad. Los individuos crean una suerte de “esquemas orientadores” que les permiten a través de la percepción evaluar los distintos fenómenos lingüísticos.

Eso detrás de las palabras

Las elecciones lingüísticas están reguladas por mecanismos de convivencia de las comunidades y por prácticas públicas en las cuales los discursos y las políticas lingüísticas juegan un rol fundamental. Podemos decir entonces que existe una conciencia colectiva del uso apropiado o no del lenguaje y que las variedades de lengua usadas en la educación o entes estatales tienen un estatus mayor que las demás. Las que quedan al margen, al no contar con el prestigio abierto de la lengua estándar, son muchas veces estigmatizadas.

Sobre esto último, resulta interesante observar cómo se elaboran lingüísticamente las representaciones sociales y nacionales en los discursos. En referencia a esto, Bourdieu sostiene que la cultura, así como la identidad, son representaciones mentales en las que los agentes (de planificación) invierten sus intereses y crean estrategias de manipulación simbólica, cuyo objetivo es determinar las ideas que los individuos pueden crearse sobre determinados hechos o cosas. Estas son transferibles a sus portadores, por lo tanto, la imagen mental que puede crearse un individuo sobre una lengua o un país, es una característica que hereda su portador. Recordemos además la idea de capital simbólico, que consiste en una serie de propiedades intangibles inherentes al sujeto, que únicamente pueden existir en la medida que sean reconocidas por los demás. El capital simbólico funciona además para imponer una cierta visión del mundo social y sus divisiones.

El poder simbólico se ejerce de muchas formas, pero una de las más evidentes en el campo del lenguaje es la corrección: cuando un hablante llama la atención sobre otro y le indica “la forma más correcta” de expresarse. Los hablantes, cuando tienen una clara conciencia sobre las formas estigmatizadas, se inclinan hacia las otras y cuidan el léxico y las formas de pronunciación.

La lengua ha sido utilizada en los discursos de los agentes como un elemento nacionalizador, generando un sentimiento de identidad en los usuarios. Esto genera una propiedad de “arraigo” de la lengua estándar. La lengua es lo que hace a una sociedad culturalmente identificable. Estos discursos refuerzan a su vez la función unificadora y separatista de la lengua, que hace que los sujetos se sientan culturalmente similares con los que comparten la misma lengua, y diferentes con los que no la comparten.

Elecciones lingüísticas y actitudes lingüísticas

Sin dudas el contexto social afecta  nuestras formas de expresión y desde sus comienzos, la sociolingüística se ha interesado por descubrir cuáles son los factores que influyen en el comportamiento y en las elecciones lingüísticas de los hablantes, si estas elecciones son siempre conscientes o no y cómo estas se relacionan con ciertas características de una comunidad lingüística.

Hay algunos rasgos en el lenguaje que la mayoría de los individuos de una comunidad pueden notar que “escapan” de la lengua estándar, es decir, que no están amparados por ella y muchas veces son catalogados socialmente como incorrectos. Cuando un rasgo es particular y tiene determinada frecuencia, estamos ante un marcador lingüístico cuya presencia o ausencia se correlaciona con alguna categoría social o con una situación comunicativa particular.

Para la autora Barrios (2008), uno de los marcadores de etnicidad más destacados es el lenguaje y sostiene que así como el contexto social influye en las formas de expresión, estas pueden servir como marcadores de ese contexto. Cuando un marcador pasa a ser reconocido socialmente, los hablantes lo encasillan y forman así un estereotipo lingüístico. El estereotipo tiene la característica de ser altamente compartido por  la comunidad, y aunque estén fuertemente estigmatizados, pueden llegar a ser resistentes y duraderos.

La elaboración de un estereotipo requiere cierta postura por parte del hablante frente a un lenguaje y un individuo; la postura tomada es llamada actitud lingüística. Las actitudes nos permiten posicionar a los individuos, según cómo hablen, en determinada categoría social. Las actitudes constituyen un factor relevante para entender el comportamiento lingüístico de los hablantes y su posición en la estratificación sociolingüística en la sociedad. Entre las actitudes encontramos el estereotipo, el prejuicio, el estigma y el prestigio.

El poder del “decir”

En la mente de los hablantes existe, en general de forma inconsciente, una idea de lo que es “hablar bien” que se desprende de los propios discursos sobre la lengua y el efecto de las políticas lingüísticas sobre nosotros. Quien pueda seguir la norma podrá adaptarse mejor al mundo discursivo de cada comunidad, en cambio, quien no lo haga será señalado y hasta incluso marginado por ello.

Las actitudes lingüísticas han sido tan naturalizadas que pasan desapercibidas. Alcanza con escuchar con atención una conversación entre hablantes de diferentes contextos o generaciones, o el testimonio de alguna personalidad pública para descubrir que la lengua es, además de una estructura de signos y usos, una construcción social y cultural, donde subyacen un conjunto de creencias e ideologías fomentadas por los agentes de la planificación lingüística, los medios de comunicación y los prejuicios instalados en la comunidad. ¿Cuántas veces hemos escuchado a nuestros referentes asociar la pérdida de los valores con los cambios del lenguaje? Más allá de que estemos de acuerdo o no (porque como intentamos decir, todos tomamos posición en el lenguaje), asociar un valor a una forma de decir no es más que adjudicar las propiedades de una variedad lingüística a una forma de pensar y actuar. Detrás de una declaración sobre el lenguaje se esconde una ideología y una idea de la norma, como también podemos encontrarnos tanto a un relativista, como a un purista.

El poder simbólico de la lengua es un hecho innegable. Para no caer en las categorizaciones y representaciones clásicas es necesario un enfoque sociocultural del lenguaje, ya que no puede analizarse como una cosa aislada. Para poder comprender mejor las estructuras sociales y lingüísticas se debe reconocer  otras variedades  más allá del estándar. Es importante estudiar los discursos de los agentes de planificación, los usuarios y los referentes públicos en conjunto con las razones históricas y sociales, para poder entender por qué determinadas variedades adquieren estatus de prestigio y poder, en desmedro de otras. Estas razones deberían revelarnos el interés que esconden los agentes en apoyar una variedad u otra y en qué se ven beneficiados. Recién ahí podemos empezar a entender el verdadero poder de la lengua y sus representaciones.

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