El ensayo y la desnudez (I)

“Oigo veo las palabras nunca son lo mejor para estar desnudos”

Luis Alberto Spinetta – Las habladurías del mundo

 

El ensayo, una de las formas más libres de la experiencia espiritual, tiene entre sus problemas a la desnudez, estado esencial del ser humano, pero rechazado por cierta religiosidad racionalista. A partir de las primeras expediciones a ese otro mundo, recuérdese a Colón, la desnudez adquiere una escritura específica; se retoma el antiguo mito edénico y se lo relee de acuerdo con la tierra firme descubierta.

Michel de Montaigne escribió, allá por el 1580, que su libro de ensayos era una manera de conocerlo y, a su vez, ocuparse de sí mismo. El carácter privado que le confiere el ensayista, sin embargo, se hace público, se exhibe, “se pinta a sí mismo” de cuerpo y alma. El deseo que manifiesta, entre otros, desde el principio es el de mostrarse desnudo. El despojarse del ropaje, parece ser, a su vez, un simulacro, quizá una pose; la desnudez es en Montaigne, como en algunas escrituras ensayísticas, la composición de un yo lector/productor, a través de los libros que se leen y del texto que se produce.

“Para obligar a mi fantasía a que incluso divague con cierto orden y plan, y para evitar que se pierda y extravíe en el viento, no hay más que dar cuerpo a todos esos pensamientos menudos que se le presentan, y registrarlos”.

¿Es este desnudarse, al parecer, sin necesidad, en la escritura ensayística una actitud transgresora? Para un librero libidinoso:

“La desnudez es transgresión. El mandato civilizatorio indica ocultar el cuerpo. Sólo tolera la representación del cuerpo en tanto idealización y con fines pragmáticos. Exhibir el cuerpo en tanto especificidad, es transgredir”.

Es la escritura ensayística uno de los pocos peligros sensatos. El ensayo la gran bestia al margen de los grandes géneros, criatura de placer que demuestra su malestar hacia lo disciplinado. Lo habita una extrañeza, un goce por lo lúdico, un sentimiento melancólico y una inocencia adultera. El ensayo busca, reclama para sí, en su escritura, un ejercicio de distanciamiento, autonomía y libertad.

Para la época en que Montaigne escribió sus Ensayos, la desnudez de los indígenas evocaba erotismo y salvajismo. El temido y adorado estado de salvajismo –metaforizado por la desnudez, preferido por algunos utopistas del pensamiento y rechazado por cierta imposición civilizatoria– se ha vuelto en Montaigne parte de su escritura, de su cuerpo.
Es pertinente entonces intentar mostrar algunos aspectos donde la escritura ensayística explora el yo en su estado de desnudez, quizás un aspecto esencial en la especificidad del ensayo. Para ello Montaigne, enfatiza en su advertencia al lector una estrategia, una técnica escritural apropiada a esa vida, a ese desnudo de cúpula (“es amor lo que sangra”). La escritura ensayística se imanta como piel, carne al cuerpo escritural y muestra la imagen del ensayista que ha expuesto su imaginación, sus pensamientos al servicio de unos pocos.

Sin embargo, para escribir lo más íntimo de sí mismo –su cuerpo, su pensamiento, sus placeres–, el ensayista, Montaigne, se sirven del uso de la cita; recurriendo a ejemplos, alusiones, figuras y procedimientos parece abigarrarse de cosas, ocultando al yo, (lo que en principio parece nada personal). Asimismo, comprendió que, para escribir las cosas más desnudas, era necesario sugerir mostrando, deslizando una erótica ensayística, que parece descubrir la cosa e iluminarla más de cerca, aproximándose.

La imagen, el autorretrato de Montaigne, “Yo mismo soy la materia de mi libro”, presagiaba o evidenciaba, no la excesiva tendencia de una subjetividad romántica, sino, siguiendo a Foucault, el motor que se encuentra en el cuidado de sí como una manera de realizar la propia vida como una obra de arte. Uno puede preguntare en este siglo de blogs, redes sociales y escrituras del yo, si el ensayo tiende a atraer alguna tensión.

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