La forma del agua I

 

   “y en su mente gotas de algo…”

Madre-Selva – Pescado Rabioso

 

Hidrografía

Como prólogo del mundo un hombre, que fue el primero que tuvo nombre de sabio o poeta, del pueblo de Mileto, en la costa occidental de Anatolia, cerca de la desembocadura del río Meandro en la antigua Grecia, pudo darse a la especulación sobre la Naturaleza.

A la vuelta, contó, según algunos, porque nada dejó escrito, que la sustancia clave era el agua; que todo había nacido del agua. Había contemplado en el océano de arriba, astronómico y astrológico, las estrellas y que somos un mar de gotas. Advirtió las combinaciones que juntaban a todas las cosas, las similitudes, las coincidencias; no vio nada aisladamente. Dijo Tales: el agua es el origen de las cosas; que el mundo está animado y lleno de espíritus.

 

Metamorfosis

Entropía de la tecnología y la comunicación, que atormenta al tecleador, amenazan volatilizarnos las palabras. En la permanencia del cambio, desde la masa de agua de los tiempos, la escritura aguarda por las formas que se transforman.

Fastidiado, Heráclito huyó a los montes y vivió alimentándose de hierbas. Murió, dicen algunos, de hidropesía: ahogado en humedad de mierda, masticado por perros. Otros, como Aristón, afirman que murió de otra enfermedad. Según fue boga en la Antigüedad, anotó Diógenes Laercio, a Heráclito lo calificaron de llorón y la melancolía le hizo abandonar sus escritos.

En cambio, lo curioso es, en este oscuro inventor de quisicosas, la exigencia de lo que fluye: todas las cosas fluyen a manera de ríos. La mutación es un camino hacia arriba y hacia abajo, y según ésta se produce el mundo.

La conjetura heraclítea del devenir afirma que todo se mueve y nada permanece. Quizás, se pueda conjeturar, el derramador de lágrimas se equivocó de aquí a la luna, que tuvo miedo de creer que cuando se fallece, se permanece aquí para siempre.

Devenir, volverse algo diferente de lo que se está siendo pude ser el orden de las cosas. Si bien las avenidas de los ríos fluyen y cambian, hay otras veces que éstas se estancan, que terminan en un pozo. Por otra parte, se puede pensar que el cauce, el canal, guía cierto orden del cosmos. Para Heráclito, el agua que conduce el logos se convierte en fuego.

Copiando a la lluvia

Que el mutar este a la orden del día, que nada será como fue, un enunciado tan viejo como el mundo, advierte que las cosas no son lo que parecen y que si algo está siendo puede pasar a ser otra cosa. El sustantivo no contable “agua” que los hablantes primero y la gramática después recategorizan llevó a reinterpretar aquel nombre no contable como contable. Propongo a la consideración del lector escuchemos tres aguas.

 

Agua que cae de tus ojos

maestros del insomnio

y de las tristecías

agua que inunda tu boca

blasfema de recuerdos

de las noches mías.»

 

Es el exordio de un acuoso beat pop, que durante años fue un disco perdido.  Ni yo ni la Real Academia Española sabemos definir la poesía. Nuestra falta de sabiduría, sin embargo, es solo verbal y podemos aproximarnos a lo que beatamente profirió San Agustín acerca del tiempo: ¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si tengo que decírselo a alguien, lo ignoro. Yo tampoco sé lo que es la poesía, aunque pudiera – como vos – reconocerla en cualquier lugar.

Con el agua interior la noche magisterial, que se ahonda en el insomnio, provoco la formación de una nueva palabra: tristecías. Su historia derivativa formal (puede encontrarse con las variaciones de “s”, “z” o “c”) deriva del verbo tristecer. Su otra historia derivativa aparece cuando Eduardo Darnauchans tres años después, en el disco El trigo de la luna, en la letra de la canción “1959”, la retoma con “los campos tristecen”.

Esa otra costumbre del tiempo, la noche, cuando es inútil dormir, el lagrimear no es una simple operación fisiológica, es purificación y olvido.

Sir Fernando Cabrera, uno de nuestros bardos por excelencia, que continúo la huella de los antiguos cantores y conocedor de los pormenores de las estrofas más bellas, a mediados de los ochenta anunció: el tiempo esta después.

Otro acuático ejemplo.  Son ocho renglones de la letra de un pop; sus autores Los Piojos.

Agua, como te deseo

agua, te miro y te quiero

agua, corriendo en el tiempo

agua, bailando en manos del sol.

Agua, sal de mi canilla

quiero que hagas cosquillas

siempre, sonido sonriente

dame, que es grande mi confusión.»

 

Las repeticiones se dan a lo largo de toda la canción y estructuran su ritmo. La anáfora de “agua” conmemora un acto mítico, aparece como una fuerza fuera de alcance que resiste al tiempo; trasmisible, en este caso, por medio del sonido incontinente de una canilla.

La aliteración del sonido /s/ y /son/ en “siempre, sonido sonriente” refuerza la idea de la corriente: ella misma, el agua, moja juguetona;  en todo tiempo la convierte en fuente de calma que brinda serenidad y energía vital frente al desconcierto del tiempo. Para terminar en el fluir tranquilo de las guitarras que da paso a la tribal y candombera percusión, que en un ambiente selvático se une a un coro de infantes.

Copio un tercer ejemplo, del aristofánico Leo Masliah.

Agua podrida tapada de mugre

Agua podrida que queda y se pudre

Agua podrida criando batracios

Agua podrida, podrida del todo

Agua podrida, podrida de todo

Agua podrida que pudre la vida»

 

El goteo de la guitara o del piano, el coro cavernoso y estentóreo, culminan en un circense pero denunciatorio estribillo. En esta letanía contra el daño, la ética ambiental urge.

No se ignora que otra mutación se esté llevando a cabo: nosotros – los lectores –, en nuestra creencia supersticiosa y ética “del anacronismo deliberado y las atribuciones erróneas”,  que por siglos seguiremos exprimiendo.

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