La vida viene sin hacer daño: Syd Barrett y el silencioso ocaso del fundador de Pink Floyd

Mucho antes que The Wall (1979) o que Wish you were here (1975), incluso antes que The dark side of the moon”(1973); definitivamente antes de que Pink Floyd se volviera una de las bandas más importantes de habla inglesa, existió Syd Barrett, su mítico fundador y primer líder natural.

Lo que viene a continuación es apenas un esbozo, una breve introducción a uno de los personajes más enigmáticos e increíbles de la historia del rock; uno de los artistas cuyo aporte innovó a su modo los contenidos musicales y literarios del género, y cuya rápida desaparición de los escenarios ha significado con el tiempo una extraña reivindicación de quienes se sientes seguidores de la banda y de su legado.

El comienzo

Música, pintura y poesía conformaron en buena medida la educación de Roger Keith Barrett, nacido un 6 de enero de 1946 en la ciudad de Cambridge, Inglaterra, en el seno de una familia de clase media. Surgido en un entorno universitario, al igual que otros integrantes de Pink Floyd, pronto fue conocido entre los adolescentes simplemente como “Syd” y en específico, por una sensibilidad particular a la hora de componer canciones extremadamente distintas a lo que se escuchaba por la época. Podían ser consideradas geniales o estrafalarias, cuyas letras podían versar sobre personajes atípicos, estados mentales ajenos al común denominador del género pop, y en particular, arreglos musicales experimentales en algún caso, como base de canciones de larga duración e improvisación.

Con Roger Waters y David Gilmour fueron vecinos y compañeros de secundaria. También compinches de largas recorridas por los reductos musicales y artísticos de la ciudad.

Pero fue en la etapa de Londres, tiempo más tarde, donde todos volvieron a confluir para comenzar el proyecto de la banda. Por entonces, aquella ciudad era la capital efervescente de los nuevos movimientos culturales que todo joven británico aspiraba a conquistar. Londres era la usina del arte y del negocio en torno a diversas expresiones artísticas y en particular, de la música. Los Bealtes y los Rolling Stones operaban allí, y eran el modelo perfecto de éxito y fortuna. Waters tenía una banda juvenil por entonces, en donde también estaban involucrados otros futuros integrantes de Pink Floyd, Rick Whight, Bob Klose y Nick Mason.

Consciente del potencial y de la atractiva energía que emanaba de su antiguo compañero de Cambridge, no dudó en invitar a Syd a participar de la banda.

Su sola llegada implicó cambios inmediatos. Syd trajo un nuevo nombre para titular el proyecto, y lo bautizó como The Pink Floyd Sound, además, pasó a ser el cantante principal de la banda, su guitarrista, compositor e indiscutido líder. Era el año 1965.

Sus actuaciones en vivo pronto pasaron de una lista de covers de artistas y bandas favoritas a largas improvisaciones instrumentales que terminaron por definir un nuevo sonido, un sonido único.

Esas alucinaciones musicales fueron calificadas de psicodelia, un concepto ya existente y directamente emparentado con el consumo del LSD, y cuya ligazón con la música tuvo que ver con el desarrollo de la experiencia de bandas como Pink Floyd entre otras.

La banda se consolidó a fines de 1966. Por entonces, sus presentaciones en el local UFO Club se volvieron una referencia para la corriente vanguardista del rock. Sus presentaciones comenzaron a caracterizarse por las puestas escénicas teatrales, sonoras y lumínicas.

Sus conciertos fueron verdaderas experiencias lisérgicas, de viajes ambientales y mentales. La música de Pink Floyd no era para bailar. Quienes lo hacían, pronto quedaban prisioneros del clima espacial, onírico, surrealista o simplemente un trance sónico y corporal.

Esta música underground y experimental fue recogida en grabaciones en vivo como el “London 66’-67’”, una muestra fiel del esplendor artístico de la época, entre moda, diseño, publicidad, bodypaint y demás performances muy comunes de aquellos happenings de mediados de los años sesenta. De aquellas actuaciones, en las que se puede ver la concurrencia de John Lennon y Yoko Ono, de Mick Jagger o Allen Ginsberg, quedó inmortalizada una versión muy extendida de una de las primeras joyitas musicales de la banda, su “Interstellar Overdrive” en una versión de más de quince minutos de duración, cuya autoría es de Barrett. Estas presentaciones sirvieron para formar parte de un disco que nucleó aquellas noches subterráneas: Tonite lets all make love in London grabado y filmado entre enero y mayo de 1967, pero también para empezar a grabar material de la banda en estudio.

En marzo Pink Floyd grabó su primer single “Arnold Layne”, sobre un extraño personaje con una singular manía: “collecting clothes, moonshine washing line, they suit him fine”; una composición que tuvo hasta video de promoción, y una rápida difusión entre los circuitos vanguardistas londinenses.

A este, siguieron otros singles de igual excentricidad y valor musical: “See Emily play”, “Apples and oranges”, “Flaming” o “The scarecrow” todas imbuidas de personajes de ensueño que viven en alguna dimensión mental de fantasía traídas de la niñez. Un mundo que intercala lo cotidiano con lo ilusionado, lo material y adulto con lo lúdico de una inocencia nunca perdida, ponderando lo infantil y mágico con lo terrenal y repetitivo.

Con un conjunto considerable de composiciones, en su gran mayoría escritas por Syd, Pink Floyd llegó a mediados de 1967 con suficiente material y reputación en el ambiente como para meterse en el estudio a grabar su primer álbum.

Psicodelia y drogas de un artista en el portal del amanecer

La música lisérgica y experimental se ejecutaba en aquellos clubes nocturnos londinenses desde tiempo antes de que Pink Floyd surgiera. De todas formas la banda se constituyó en la genuina expresión musical de aquella fusión entre el consumo del LSD, las ejecuciones instrumentales de más de diez minutos, la puesta escénica con recursos teatrales, proyección de luces, colores e imágenes en armonioso collage con el sonido.

Llegaron a ser la banda de moda de aquellos ambientes. Los Beatles, que por entonces ya habían comenzado a grabar su psicodélico Sargent Peppers’s lonely hearts Club Band eran asistentes recurrentes de los recitales de Barrett y compañía. No es desacertado pensar que también de allí recogieron ideas para terminar de grabar el disco.

El LSD se consumía para abrir la mente a otros lugares donde buscar percepciones de nuevo tipo, miradas interiores sobre el tiempo y el espacio que sirvieran para ser traducidas a lenguaje artístico y musical. Por lo general estos hallazgos revitalizaron el contacto con la primera niñez y se decodificó en expresiones regresivas, manifestaciones infantiles, casi pueriles, que surgidas a la superficie, se mezclaban con lo mundano y tenían una curiosa simbiosis en el lenguaje musical. El valor agregado de esas composiciones era precisamente el de que no necesariamente había una moraleja, un resultado final en la historia que se pretendía contar; más bien lo que importaba era describir con palabras y música, el viaje en sí mismo, la experimentación, la revolución de sensaciones corporales y mentales de carácter único.

Aquella manera de ver el mundo en sí misma podía tener que ver con el aislamiento, o con el rechazo a la vida tal como se concebida así de planificada. Lo contracultural en todo caso tuvo que ver con eso, con un estado hipnótico y creativo, difusor de una evasión por demás atractiva. Lenguaje sónico transmisor de los sentidos, de imágenes que hacían referencias a un orden temporal, de hechos pasados en la vida del viajero, pero que resultaban recuperados no como habían acontecido, sino como una experiencia en sí misma desde el presente, con la agudeza de los sentidos alterados, y la seguridad de antemano de que no existían fronteras como para recrear o reconstruir esos vestigios.

Las letras de Syd eran un poco eso. Para entonces, quienes lo conocieron afirman que tomaba LSD unas tres o cuatro veces a la semana. Su extraño carisma y su tacto particular a la hora de componer, llevó a que la banda tuviera problemas para redondear canciones y hacerlas presentables en un disco. Sus viajes lisérgicos se prolongaban con mayor continuidad. A mediados de 1967 hubo un famoso “fin de semana” en el que desapareció. El resto de los integrantes no pudieron dar con él. Lo cierto es que una vez reaparecido, todos concuerdan que algo había sucedido, que aquel individuo que había regresado no era el mismo que todos conocían.

Pero entonces Barrett era el motor de la banda, y por entonces ni Roger Waters ni el resto de los integrantes estaba aun a la altura de las exigencias que Pink Floyd había comenzado a tener como para liderar en los aspectos compositivos y mucho menos para hacer frente a la situación y encargarse del liderazgo.

Las grabaciones para el álbum comenzaron en marzo de aquel intenso 1967 en el que Syd comenzó a deteriorarse rápidamente.

The Piper at the gates of dawn salió publicado el 4 de agosto de 1967 y hasta hoy en día permanece en el máximo pedestal de los discos psicodélicos de todos los tiempos, únicamente comparable a Sargent Pepper’s de The Beatles (que salió al mercado un par de meses antes). Es una obra fundamental y única, un documento esencial para comprender los movimientos juveniles de Londres en la segunda mitad del siglo XX.

El disco es el esplendor de Syd Barret como compositor y arreglista de la mayoría de los temas. Su “Astronomy domine” que abre el trabajo, nos invita a transitar por el derrotero sideral por el que atravesaba su vida como artista. La canción comienza con la voz de un astronauta (voces de aviadores, naves aéreas y torres de control, elementos típicos de varios pasajes en la discografía posterior de la banda) y la voz de Syd que nombra y describe estrellas y planetas. Esta inmejorable introducción al disco, continúa, si bien con otra tónica, con más imágenes poéticas y delirantes.

“Lucifer Sam” es la segunda pieza, y todo lo que el astronauta anterior nos expresó como observador de lugares inconmensurables, queda reducido a la mirada felina de Lucifer Sam, un gato siamés que mira el mundo pasar, desde la comodidad de su aposento.

El disco continúa con una madre, un libro de cuentos y un niño a punto de dormirse, en “Matilda mother”. Syd busca revelar el final del cuento que parece no llegar:

“oh mother, tell me more”; “you only have to read the lines theyre scribbly black and everything shines”; “wandering and dreaming the words have different meaning”.

En “Flaming” el paisaje es bucólico, mitológico, en donde el niño está escondido y observa a todos los demás.

El disco atraviesa otros estados de ánimos más enigmáticos y hasta onomatopéyicos como el instrumental “Pow R. Toc H.” también de Barrett. A mitad de camino aparece “Take up thy stethoscope and walk” una composición de Waters muy alineada con lo que se viene hasta entonces escuchando.

La voz de Syd vuelve con “The gnome”, apelando a dotes más folclóricos, propios de un juglar eléctrico, y la visión se complejiza con el misticismo numerológico de “Chapter 24” para volver una vez más al mundo de fantasías con “The scarecrow”.

El cierre estuvo destinado a otras de las joyas del álbum, “Bike”, una de las piezas más vinculadas al genio de Barrett de esta época.

Ese mundo infantil e inofensivo descrito en las letras y en la música fue la magia de “The Piper at the gates of dawn”. El disco fue la consagración de todo un año de trabajo y terminó por abrir las puertas al mercado norteamericano. La banda comenzó su gira precisamente por San Francisco, la cuna del movimiento psicodélico y hippie de la costa oeste de EEUU.


Vivo pero muerto: la expulsión de Syd de Pink Floyd

Cuando los réditos habían llegado, cuando el reconocimiento trascendió circuitos y fronteras, cuando Pink Floyd comenzó a tener repercusión en las radios y en otros medios de comunicación a nivel masivo, Barrett sufrió de una manera lenta e inesperada su deterioro mental. Aun hoy en día se sigue discutiendo que fue lo que realmente sucedió.

Simplemente comenzó con actitudes y comportamientos extraños. En aquella gira por San Francisco el problema se agravó.

En los recitales se quedaba petrificado, en silencio, ausente. Dejaba de tocar y de cantar en medio de las presentaciones. La mirada, según sus compañeros, solía estar perdida, o detenida fijamente en cosas, pero también tuvo que ver con sus dotes creativas y musicales, con el interés por la banda.

La gira tuvo un balance negativo, y por primera vez Roger Waters y los demás integrantes se preocuparon por la salud de Syd. Se llegó a la conclusión de que no podía hacer frente al resto de los compromisos que se tenían por delante. Incluso se llegó a cancelar fechas en Estados Unidos.

En un primer momento se creyó que Barrett simplemente sufría de agotamiento y que precisaba unas, entonces merecidas vacaciones. Al mismo tiempo se buscó adjudicarle menos responsabilidades; Waters pasó a ser el frontman de la banda, y las partes más engorrosas del negocio pasaron a ser manejadas por él y el resto de la banda.

De esa forma se destinó a Syd la tarea exclusiva de la composición de letras de canciones. Pero eso no funcionó. El derrumbamiento era más severo del que todo el mundo imaginó.

En un nuevo intento por salvaguardar los intereses de la banda sin tener que sacrificar a su mentor, Roger Waters llamó al viejo compañero de otrora, el guitarrista David Gilmour, amigo entrañable de Syd; su aparición fue en principio con intenciones de que éste pudiera recobrar el interés por el proyecto, pero poco a poco todos supieron que Gilmour había llegado como un sustituto.

Nada funcionó. Barrett sufrió hasta el final de sus días de un desorden mental agudo. Nadie en aquella época ni tiempo después tampoco, pudo esclarecer si la esquizofrenia que desarrolló fue un mal surgido de su propio organismo o provocado por el consumo desenfrenado de LSD. Tal vez ambas cosas.

En entrevistas realizadas a los ex integrantes de la banda se recuerda la preocupación con que se vivieron esos tiempos con el quebranto de salud de Syd, aunque todos concuerdan que Pink Floyd era un proyecto musical que ya no pudo detenerse para ayudarlo. Se buscó ayuda profesional, pero en ese sentido las responsabilidades se terminaron cuando dejó de pertenecer a la banda en 1968.

No obstante, a modo de despedida, la banda incluyó un tema suyo “Jugband Blues” en el disco A saucerful of secrets que apareció a fines de ese año. Las últimas composiciones de Syd para la banda contienen en sus letras y de manera muy conmovedora, el progresivo avance de su enfermedad.

En “Vegetable man” o en “Silas lang” (temas que quedaron descartados del repertorio discográfico de la banda, y que vieron la luz para el público muchos años después) la psicodelia creativa se transformó en incoherencia psíquica. Imágenes discontinuas y descoordinadas pasaron a predominar en bruto en las canciones, que no por eso, dejaban de ofrecer en algún caso cierto brillo lejano; eran la expresión de estados de ánimo fragmentados. La métrica de las canciones era fallida y Barrett había perdido el poder de cantar con precisión sus propias canciones. Llegaba a destiempo, las notas eran fallidas o incluso su voz se mostraba desentonada. Las últimas composiciones para la banda fueron de mucha incoherencia literaria y caos musical.

“Jugband Blues” fue el testamento para Pink Floyd, el proyecto que él había fundado y del que en abril de 1968 fue expulsado. Syd simplemente ya no estaba, había perdido el interés por todo lo que él había ayudado a construir. En esa triste despedida cantó: “It’s awfully considerate of you to think of me here”, porque en realidad “I’m much obliged to you for making it clear, that im not here”.

La historia de Pink Floyd quedó marcada para siempre con la expulsión de Syd Barrett. Sólo los fantasmas personales de Roger Waters llegaron a compararse con el sentimiento de culpa que todos los integrantes de la banda tuvieron durante décadas por aquellos acontecimientos; y aun así, esas perturbaciones del bajista y nuevo líder nunca llegaron a alcanzar la dimensión trágica de la figura del fundador de la banda.

Syd está presente en todos los momentos claves de la discografía de Pink Floyd. Aparece oculto en The Dark Side of the moon; en Wish you were here, disco que es un entero homenaje a su figura,  y en The Wall, donde disco y película también tienen como uno de los ejes centrales toda la temática dolorosa de la historia de su historia.

Pero, ¿cómo se tomó Syd la expulsión de la banda? Su prescindencia fue de menos a más. Un día, simplemente dejaron de llamarlo. Por entonces solía estar rodeado de gente del ambiente subterráneo londinense; colectivos organizados bajo el credo del LSD, de cuyo consumo creían lograr el contacto con la “verdadera realidad” o con “verdades no reveladas”, y cuyo abuso terminó por llevársele lo mejor de su arte. Syd simplemente nunca dijo nada.

Por eso, aquellas últimas frases de “Jugband Blues” se encuentran entre las más significativas que haya escrito en su vida, cuando cantaba preguntándose a sí mismo: “And i’m wondering who could be writing this song” (y me pregunto quién podría estar escribiendo ésta canción); “I dont care if the sun don’t shine; and I don’t care if nothing is mine” (no me importa si el sol no brilla, y no me importa si nada es mío) porque después de todo: “and what exactly is a dream?; and what exactly is a joke?) (¿Y qué es exactamente un sueño?; ¿y qué es exactamente una broma?).

La carcajada del lunático. Soledad e incomunicación

Para cuando salió de Pink Floyd, Syd Barrett ya era una leyenda. Pero su historia se nutrirá aun más de misterios, ausencias y falta de información en torno a su figura en los años siguientes a la exclusión de la banda, cuando intentó infructuosamente comenzar una carrera solista.

Todavía era un artista con renombre y muchos de los que lo rodeaban apostaron a que las cosas volverían a su lugar. Las discográficas no lo apoyaron como debió suponerse, y los intentos de lanzar una nueva carrera estuvieron ligados a sus viejos amigos y a los integrantes de la banda.

Roger Waters y Rick Wright y sobre todo David Gilmour ayudaron a Barrett en la producción, los arreglos, los ensayos y la grabación de los dos discos que sobrevendrían en los años siguientes. Incluso Gilmour llegó a formar una banda para salir de gira con él en ese marco.

The Madcap Laughs fue grabado entre mayo de 1968 y agosto de 1969. Las sesiones fueron dilatadas. Barrett dio señales de que no podía cumplir con los incesantes trabajos del estudio. Sin embargo se aprovechó sus vaivenes; después de una caída siempre sobrevenía un repunte creativo y artístico. En ese disco están las canciones más emblemáticas de su repertorio como solista.

Hermosas composiciones emparentadas con un folclore británico psicodélico de carácter único. El trabajo es una colección de melancólicas acuarelas concebidas en aquel pequeño apartamento en el que Syd vivía por entonces, en el que contaba tan sólo con un colchón, una lámpara y una guitarra con equipo.

“Terrapin”, “Octopus”; “Golden Hair”; “She Took a Long Cold Look” o “Feel” son temas que a uno le erizan la piel. En el disco Barrett está solo, se sabe que está con su compañero Gilmour o con Waters, pero espiritualmente está solo.

Con guitarra acústica en muchos temas, el ambiente del disco es taciturno, maravillosamente desolado y doliente.

The Madcap Laughs entre tantas buenas canciones es el disco en el que está “Dark Globe”, quizá la canción más emblemática de toda la carrera de Syd Barrett. La ternura y la tristeza con la que canta esa canción bastaron para que Gilmour la dejara sin más arreglos que la guitarra acústica y su voz desgarradora. Es una canción para llorar.

Aquellos fueron años difíciles para él. Vivió al borde del estrellato y negando cualquier parte del éxito que a él más que a muchos le hubiera correspondido disfrutar. El disco fue un fracaso y las dudas sobre su futuro se acrecentaron. Se comenzó a creer que su carrera estaba terminada.

 

Quedan de aquellos días de misantropía, la sesión de fotos en el apartamento que ocupó y que él mismo pintó para realizar la tapa del disco, y la histórica y hermosamente decadente sesión en donde se lo muestra en exteriores, caminando por la ciudad, con toda la impronta de un yonki vagabundo y callejero, junto a Iggy the esquimo, su novia de entonces, una ignota modelo esquimal, que por cierto, fue la mujer que posó desnuda para el arte interior del disco.

 

Seguramente por entonces, Barrett alguna vez le haya recitado aquellos conmovedores versos de “Dark Globe”: “when I was alone you promised the stone from your heart”, como a tantos otros; o a sus ex compañeros de ruta: “won’t you miss me? Wouldn’t you miss me at all?”


La metamorfosis final

Pese al revés de su disco, Syd no se dio por vencido y apeló una vez más a sus contactos en el ambiente para pedir otra oportunidad. Canciones había de sobra y contó una vez más con el apoyo de David Gilmour.

El disco Barrett pretendió ser el verdadero lanzamiento de su carrera solista. La estética muy avant-garde decadente de The Madcap Laughs había terminado por sacar a la calle un producto artístico muy esquivo a las mayorías. Cabría preguntarse si eso era lo que Syd buscaba. No consta que por entonces haya perseguido el éxito comercial, al que consideraba como algo superfluo en toda la ecuación creativa, o algo circunstancial en la trayectoria de un artista.

Barrett se grabó a lo largo de 1970 y se publicó en noviembre de ese año; los resultados en ventas fueron peores que The Madcap Laughs y fue entonces cuando tomó la decisión de retirarse y volver a su Cambridge natal.

De ese disco quedaron bellísimas piezas, baladas psicodélicas como “Baby lemonade”, “Dominoes” o “Effervescing Elephant” (una de sus primeras canciones, compuesta en 1965); también está la exquisita “Wined and Dined” cuya melodía es una puesta a punto del espíritu de Barrett después de la tormenta.

El disco en términos generales fue menos logrado que el anterior, y realmente, si uno se fija, hay menos puntos altos que rescatar. El escucha puede entender de inmediato que los temas están sin pulir, en algún caso, inconclusos; Barrett ya no podía ocultar que faltaba trabajo, y con la improvisación ya no bastaba.

Tras su partida a Cambridge hubo tiempos de silencio. Volvió con un nuevo proyecto musical, cuyas grabaciones circulan por ahí en un disco llamado Peel Session, pero lo cierto es que la mayor parte del material que quedó sobrante de las grabaciones de los dos discos, y cuyo valor estético y musical era publicable, fue finalmente editado en el recopilado llamado Opel que salió a la venta muchos años después, en 1988. Entre un conjunto de tomas alternativas y piezas descartadas de aquellos años, este disco se destaca por la canción cuyo nombre titula el disco. Otras compilaciones sobrevinieron después. La última, una versión remasterizada de The Madcap Laughs de 2015 que incluye el experimento “Rhamadam”, una composición sonora de más de veinte minutos de duración.

Syd desapareció de los medios, de la prensa y del público para siempre. Abandonó los circuitos culturales de los que supo ser el centro de tantas miradas, dejó de lado los grupos de amigos que tanto lo idolatraron en sus mejores años.

Muy enfermo volvió a la casa materna para ser atendido. Con el estricto celo de sus seres queridos, Barrett se esfumó del mundo por el resto de su vida. Durante años poco se supo de su situación, de su paradero, de su vida. Como llegó a cantar en “Dominoes”, “you and I, you and I and dominoes, the day goes by”, “You and I in place, wasting time on dominoes” “a day so dark, so warm, life that comes of no harm”.

Desde la prensa no faltaron las especulaciones con la muerte; las biografías escritas de Pink Floyd siempre dejaban inconclusos sus datos biográficos, dejando un vacío cuando no un amplio margen a múltiples especulaciones. Pocos lo buscaron, pocos apenas se preguntaron por su recuerdo y pocos pensaron en deducir que si estaba vivo había pues chance de tomar contacto con él. Los años ochenta y noventa apenas si trajeron datos. Las décadas de los sesenta y setenta fueron implacables para el olvido, lo que se engulleron fue rápidamente olvidado.

El desconocido fantasma

Existen escasísimos datos de lo que fueron los años posteriores de Syd luego de su desvinculación de la música.

Cuando en junio de 1975 Pink Floyd estaba recluido en los estudios, en plena grabación del disco “Wish you were here”, Barrett hizo una aparición fantasmagórica por el local (con la cabeza y las cejas rapadas). La historia que sabemos es que ninguno de los integrantes de la banda lo reconoció en un principio. La metamorfosis había llegado a su punto final (la misma, será recreada en la película “The Wall”).

Al parecer, las visitas fueron más de una, pero tanto Roger Waters como Rick Wright y David Gilmour, siempre se mostraron inciertos sobre lo que sucedió en esos encuentros.

Esa fue la última vez que todos se vieron. Syd murió el 7 de julio de 2006; como titularon algunos medios de prensa, “se había ido hacía mucho tiempo”.

Las últimas fotos que lo registraron le fueron tomadas en la vía pública, de aspecto muy envejecido y huraño.

Las pocas palabras que Barrett tuvo con la prensa a lo largo de las últimas décadas siempre fueron de rechazo a brindar cualquier tipo de información sobre su persona y sobre su pasado. Alguna vez alguien le llegó a preguntar su opinión sobre los logros del conjunto que él había fundado y simplemente respondió que él, Syd Barrett, jamás había pertenecido a una banda de música llamada Pink Floyd.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.