El menú del día

El hombre miró el vaso sobre la mesa. El bar estaba casi vacío, y la muchacha que estaba sentada frente a él era difusa, casi transparente. Su presencia era absolutamente secundaria con respecto al vaso. Alto, límpido, de vidrio grueso. Estaba limpio, de apariencia pura al mirarlo a contraluz, sin manchas de dedos o restos de grasa o jabón. Parecía sin uso, puesto para usar una vez y desecharse, sin marcas de bebidas estampadas, totalmente liso. Continuó observándolo detenidamente. La conversación que su acompañante seguía estirando sin darse cuenta de lo realmente importante comenzó a derretirse, a desvanecerse. Las palabras se estiraban como chicles masticados y se caían perdiendo totalmente su función. Su significado no llegaba a ningún lado y naufragaba en una marea espesa de sonidos. Incluso la figura física de la chica que estaba frente a él empezó a modificarse.  Empezaba a chorrearse como un cuadro pintado con tinta muy líquida. Los bordes de su cara se extendían, su rostro era una tierra sin límites que se fundía con la mesa, continuaba su estiramiento hasta llegar a la silla y al resto del ambiente, alcanzando ya líquido el piso, encharcándose en las baldosas, junto con restos de pelo y de ropa convertida ahora en una lava de volcán desteñida. Sin embargo, el retumbe de la conversación seguía en los oídos del hombre como una voz bestial, espesa y estúpida que lo saturaba, le entraba por las orejas aplastándole el cerebro.

El vaso seguía brillante y firme arriba de una mesa que ya empezaba a torcerse y a hundirse en la arena movediza en la que se había transformado el suelo. El resto del bar ya no estaba, o más bien no se veía. Una luz blanca y fuerte enceguecía todo, la barra, los mozos, las otras mesas. Le dolían los ojos si intentaba mirar algo, era como tener un potente foco enfrente. Su mirada no podía soportarlo.

Su silla se enterraba también junto con la mesa. El vaso ya estaba por caerse. Era el único objeto que todavía se mantenía intacto en toda la escena. Él y el vaso. Los dos en su forma original, antes del cambio, del derretimiento del mundo. Lo agarró fuerte con su mano derecha para evitar que se cayera y se perdiera en el piso. Se convenció en ese momento que el vaso era la única salvación que existía. La única vinculación con una realidad ya casi imposible. Lo abrazó, lo aferró fuerte contra su pecho para evitar el naufragio. Lo apretó con todas sus fuerzas, consciente de lo que tenía que hacer, de por qué ese vaso vacío estaba puesto en esa mesa. Siguió apretándolo contra el pecho hasta que estalló. Trató de aguantar entre sus manos y su pecho la mayor cantidad de vidrios posible. Los tomó con sus manos como si fuera un buche de agua fresca y se los metió en la boca. Una sensación áspera y aguda al mismo tiempo lo inundó, la lengua y el paladar empezaron a sangrar. Ese sabor funcionó como anestesia a la sacudida que provocaron los vidrios en su organismo. No le dolía. Sintió los vidrios bajando por la garganta, y siguió tragando con fuerza con los ojos cerrados, convencido del sacrificio. Los sintió llegando al estómago, haciéndolo sangrar por dentro. Reventándole todos los tejidos por los que pasaban. El interior de su cuerpo se transformó en una bomba de sangre que deseaba explotar. Sentía el sabor a sangre inundándolo, salándolo. Le gustaba. Se sintió mejor, estallando en sangre con los ojos cerrados.

Después abrió los ojos. La muchacha ya se levantaba, con apariencia normal, pero haciéndole imposible identificar su rostro o divisar sus rasgos. La vio bien al irse hacia la puerta; su pelo negro cayendo por la espalda, sus piernas y su paso firme al salir del bar. El piso, la mesa y las sillas permanecían sólidos en su lugar. El bar seguía vacío, iluminado por la tenue luz de la tarde que ya entraba por los ventanales. Se acomodó bien en la silla, apoyó sus codos en la mesa vacía, y buscó con la vista hasta encontrar al mozo. Levantó su mano derecha.

-¡Mozo! La cuenta, por favor.

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