Lecturas de verano (I) – «Crónicas Marcianas», de Ray Bradbury

Primero fue un cohete con dos hombres. Alguien debía desafiar a Dios. Luego el periplo, el largo camino, el viaje hacia Marte.
Después, el primer contacto, el profundo ensueño como escapatoria de una vida tan plagada de rutina como plena de esperanza por un nuevo acontecer.
El encuentro tan temido, los tripulantes arribando al planeta rojo. Sus habitantes pronto comprenderán que la amenaza que acaba de llegar es el comienzo para siempre de algo nuevo. El nacimiento de algo no controlable que viene desde afuera.

¿Cómo explicar los motivos, las causas de semejante forjamiento? El quedar atrapado y sin alternativa más que la de tomar conocimiento del otro. ¿Cómo asimilarlo? ¿Cómo aceptarlo? ¿Cómo incorporarlo a uno mismo si no es precisamente a través de la imposición de lo que uno cree que debe ser el otro?, o mejor dicho, ¿cómo obrar para que finalmente el otro sea uno mismo? Y siendo así ¿cómo entonces construirlo?, ¿cómo destruirlo?

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Las Crónicas Marcianas, escritas por Ray Bradbury en 1950, son un canto entristecido a la sociedad norteamericana de la época. Una hermosa metáfora que revela aspectos culturales y de la idiosincrasia estadounidense.Una alegoría sobre la guerra, el racismo y el colonialismo, que profundiza en las mentalidades de los individuos, en las concepciones ideológicas, en el destino y el azar, o el libre albedrío.En otras palabras, en el amplio o escaso margen de elección que los individuos tienen en la vida.

Las expediciones desde la Tierra continuarán una tras otra a lo largo del libro (que tiene 23 relatos), y los habitantes del planeta Marte se mostrarán tan benevolentes en algunos momentos como ofrecerán resistencia en otros.
Para cuando la guerra nuclear estalle en la Tierra, los marcianos deberán elegir si serán los destructores o los salvadores de aquél, del otro, del extraño al que tanto temieron.

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